¿Qué cultura y para quién?

Compartimos con vosotros la enriquecedora conferencia que impartió Don Randel en la inauguración de la 14ª convocatoria del Máster en Gestión cultural
Ines
05 de noviembre de 2015

Don Randel

Es para mí un gran honor estar con ustedes para inaugurar el nuevo curso del Máster en Gestión Cultural de la Universidad Complutense de Madrid. Les felicito y además les agradezco su dedicación a proyectos e instituciones culturales que seguramente beneficiarán sus esfuerzos.

Al empezar el curso, quizá valdría la pena detenernos un poco sobre el concepto de la cultura. ¿Qué queremos decir exactamente cuando hablamos de la cultura en el año 2015? ¿Cuál es el fin de las instituciones y los proyectos que van ustedes a gestionar? Es decir, ¿qué cultura y para quién? Después de intentar varias respuestas a esta pregunta, quisiera pasar al tema del apoyo a las instituciones culturales. ¿Cómo y por quién han de ser apoyadas, sobre todo en lo que se refiere a su financiación? En este contexto hablaré del modelo norteamericano, del cual se habla mucho en Europa estos días, sobre todo en Inglaterra, pero también en España, Francia, y hasta Alemania. Es el modelo con el cual yo he convivido muchos años. Por ahora digo solamente que si se quiere adoptar el supuesto modelo norteamericano, primero valdría la pena preguntar si realmente funciona este modelo en Norteamérica. Hay muy buenas razones para creer que no.

Antaño, cuando menos en Occidente, sabíamos muy bien cómo definir lo que llamábamos cultura. Desde los años 60, en cambio, está siendo cada vez más difícil. Y actualmente hay quien dice que, en el sentido acostumbrado del pasado, ya no hay cultura, lo cual pudiera predecir el desempleo para los que quisieran gestionarla. Cito las primeras palabras del libro de Mario Vargas Llosa recién publicado, que lleva el título La civilización del espectáculo:

“Es probable que nunca en la historia se hayan escrito tantos tratados, ensayos, teorías y análisis sobre la cultura como en nuestro tiempo. El hecho es tanto más sorprendente cuanto que la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer. Y acaso haya desaparecido ya, discretamente vaciada de su contenido y éste reemplazado por otro, que desnaturaliza el que tuvo”.

Según Vargas Llosa la cultura —la civilización— de nuestros días es la del espectáculo, la del entretenimiento momentáneo que nos ayuda escapar del aburrimiento. Escribe Vargas Llosa,

Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Solo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas, por lo general, en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias inesperadas: la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad y, en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la chismografía y el escándalo.

Las ideas están siendo sustituidas por las imágenes. Los valores se miden solamente por los precios del mercado. Y esta cultura, o falta de cultura, se ha diseminado por todo el planeta. A esto es a lo que llamamos la globalización.

Si es así, esto quiere decir que sí hay empleo en las instituciones culturales y que ese empleo es más importante hoy que nunca. ¿Cómo enfrentarnos con esta tarea? Para empezar hay que entender que la cultura del pasado, que tanto admiran Vargas Llosa y muchos más, no fue el producto de un pasado ideal al que hemos de volver. La historia de la gran civilización occidental está llena de barbarie, crímenes inimaginables, y la opresión de la gran mayoría de la población. La cultura de la cual hablamos en este contexto fue producida y consumida por una pequeña minoría de la sociedad, sobre todo una minoría que ocupaba el puesto más alto en la escala socio-económica. A eso no hemos de volver. Ni hemos de creer que, aún dentro de la alta cultura, los gustos no cambian. Cambian y seguirán cambiando, lo cual no quiere decir en sí que no haya valores artísticos e intelectuales que sean duraderos. Se trata de un diálogo, a veces incómodo, entre el presente y el pasado, que nos obliga a conocer a fondo ese pasado y mantener a la vez una perspectiva abierta, pero escéptica, hacia lo nuevo.

Sin embargo, es fácil creer que este diálogo que hemos de mantener se ve abrumado por una lucha contra fuerzas en la cultura, o la poscultura, de hoy. Esto lo describe muy bien Vargas Llosa. Pero esta lucha la tenemos que proseguir porque lamentarse por un pasado evidentemente desaparecido no conduce a nada, sino acaso a más lamentos.

Para enfrentar la situación en que vivimos hoy—que, por cierto, se caracteriza por un antiintelectualismo extraordinario—hemos de tener en cuenta unos valores fundamentales. Todo ser humano nace con ciertas capacidades, en el sentido en que las definen Martha Nussbaum y Amartya Sen. Son las capacidades de estar bien alimentado, bien alojado, de tener buena salud, de ser libre. Entre estas capacidades está la de ejercer la imaginación y la creatividad con las cuales todo ser humano nace. El negar al individuo esta capacidad de expresión creativa —llamémosla artística— y la experiencia de la expresión creativa de los demás, es negar un derecho humano fundamental. Es un crimen contra la humanidad. Es decir,que cuando hablamos de la importancia de las artes —de la necesidad de las artes— en la sociedad, no hablamos de entretenimiento: hablamos de justicia.

Esto quiere decir que todos somos responsables de las artes como individuos y como sociedad. No nos podemos permitir el lujo de pensar que las organizaciones culturales y gubernamentales se encargarán de ellas sin ningún esfuerzo por nuestra parte, como individuos, en nuestras vidas diarias. Hemos de insistir en las artes para todo el mundo tanto como insistimos en la salud pública y la educación pública. En este esfuerzo, la educación es fundamental desde la cuna. Si la niñera habitual es la televisión, no es de sorprender que los niños tengan ciertos gustos y no otros.

Si las organizaciones culturales como las que van ustedes a gestionar se encuentran ante un público sin la formación necesaria para la apreciación de las artes que tienen verdadero interés, de eso no tienen ustedes la culpa. Hay que insistir que los padres de familia y el sistema educativo en las escuelas hagan su parte. Pero también las organizaciones culturales tienen que contribuir directamente a esta formación de niños y jóvenes. Esto representa un cambio importante para estas organizaciones que, hasta hace relativamente poco, no se han sentido responsables de educar a su público. Esto requiere además una colaboración entre las organizaciones mismas y la educación primaria y secundaria. Hay poca tradición en este tipo de de colaboración, pero es esencial que las organizaciones se hagan parte de sus comunidades. Si la ciudadanía les percibe sencillamente como ornamentos y no como componentes esenciales de sus vidas, será difícil generar el apoyo que necesitan para florecer.

Al hablar de apoyo llegamos inmediatamente al dinero. Desafortunadamente, el enemigo tiene muchísimo más que nosotros, y ese enemigo—todo el mundo de la cultura comercial— gasta gran parte de su dinero en formar el gusto del público, sobre todo el gusto de la juventud. Las organizaciones culturales no tienen más remedio que combatir esto, no solo con dinero, porque nunca habrá lo suficiente, sino también con la inteligencia y creatividad que caracteriza su producto cultural. Hay que tener siempre presente que la época en que se podía suponer que el público en general deseaba de manera natural ese producto cultural ya ha pasado. En ese sentido, hay que buscar a los clientes y educarlos sin correr el riesgo de abaratar el producto.

Con esto entramos en el terreno de las características económicas de las organizaciones culturales. Estas organizaciones se guían por valores que no se miden con dinero. Y las fórmulas fundamentales de los negocios comerciales no se aplican fácilmente a las organizaciones culturales, por ejemplo en la relación entre oferta y demanda. Lo que se ofrece no se calcula sencillamente en base de una demanda existente en el mercado. Se busca siempre ofrecer algo con valores artísticos e intelectuales que el público ha de demandar, aunque no todos lo saben. En cuanto a la cuenta de pérdidas y ganancias, estas organizaciones existen para perder dinero en el sentido mercantil. Su producto es caro porque no es el producto de una fábrica en que aspira siempre a producir más chismes por hora. Sus costes, por su naturaleza, tienden a subir más rápido que la tasa de inflación porque sus gastos principales son en forma de personas de talento que no pueden ser sustituidas por ninguna tecnología. Y a la vez, no quieren cobrar lo que realmente cuesta su producto porque ese producto tiene que estar al alcance de todo el pueblo y no solo de los ricos. Este es un problema que el mercado libre capitalista no puede solucionar. En esto, las organizaciones culturales tienen mucho en común con las universidades —que, después de todo también han de ser organizaciones culturales, pese a que ciertos círculos políticos y comerciales sostengan que la educación universitaria ha de ser sencillamente una preparación para el empleo.

Nos enfrentamos entonces con un sector de la economía—el sector cultural—que pierde dinero porque sus gastos son mucho más altos que las ganancias que obtienen de la taquilla. Aquí lo que falta es dinero. ¿Dónde encontrarlo?

En los países civilizados, como España, Inglaterra, Francia, Alemania, el Estado siempre se ha visto obligado a apoyar tanto la vida cultural como la educación en general. Pero esto ha ido cambiando, sobre todo desde la catástrofe financiera de 2008. Esta tendencia ha progresado más en Inglaterra que en otros países. Es el resultado del afán por la austeridad en la política fiscal nacional y del deseo de privatizar todo lo posible por la creencia de que el mercado libre lo soluciona todo. De modo que el gobierno ha reducido mucho lo que aporta a instituciones culturales de todo tipo, incluyendo a la BBC y a las universidades.

Déjenme hablar un momento de las universidades porque han sido siempre una parte clave de la vida cultural. Se dice que el estudiante es el beneficiario de la educación y, por lo tanto, ha de ser el estudiante quien pague gran parte del coste. La investigación no solo en las ciencias, también en las humanidades, ha de orientarse hacia lo que pueda contribuir a corto plazo al crecimiento del producto bruto interior. Además, se supone que el sector privado, que es el principal beneficiario de este tipo de investigación contribuirá con los recursos necesarios para el apoyo a la misma. En este contexto se habla explícitamente del modelo norteamericano al cual volveremos.

Hay muchas razones para dudar de la eficacia de esta política en el campo cultural si a lo que se aspira es una vida cultural vigorosa al alcance de todos. La política fiscal de austeridad ha sido desastrosa en cuanto a los niveles de desempleo y muchas cosas más, pero se sigue imponiendo como si fuese virtuosa en sí. No hay país en el mundo donde se haya demostrado que el sector privado ofrece apoyo a grande escala a la investigación, a la educación o a la vida cultural. Desafortunadamente hay muchos ejemplos en contra. El resultado es que, en países donde se sigue una política de este tipo, el Estado abandona una serie de responsabilidades fundamentales hacia sus ciudadanos. Son responsabilidades que el mercado libre nunca asumirá, porque el mercado, por definición, se interesa por el dinero y no por los valores que no se pueden medir con dinero.

Siempre me ha parecido lamentable cuando, en la organización de los ministerios del gobierno, como en Inglaterra o aquí en España o no se en cuántos países más, se une cultura con deporte. No dudo que Ministro de Educación, Cultura, y Deporte sepa distinguir perfectamente la cultura del deporte. Pero el simbolismo me parece desafortunado. Preferiría incluso combinar la cultura con la defensa, porque, al fin y al cabo, qué es lo que vale la pena defender sino la cultura. Además, en el Ministerio de Defensa hay muchísimo más dinero.

En este ambiente, las organizaciones culturales muchas veces se ven obligadas a demostrar su contribución al producto interior bruto en esperas de convencer al gobierno y al público del beneficio de invertir—nótese la palabra sacada del mundo comercial—en el sector cultural. No hay la menor duda de que sí hay tal contribución. La gente que va al teatro come en el restaurante de al lado, paga la niñera, paga para aparcar el coche o, si son turistas que quizás hayan venido a propósito, paga para pasar la noche en el hotel, por no hablar de los salarios de los actores y demás personas que trabajan en el teatro. Pero no es por esto que hay que mantener una vida cultural. El Museo del Prado genera millones en el sector turístico, y tampoco esto justifica la inversión de fondos públicos para mantenerlo al nivel de los museos más importantes del mundo. Espero que, aunque no hubiera ni un solo turista, la nación española se sentiría obligada a apoyar ese museo para la salvación de su alma como nación. Sin embargo, es muy probable que ustedes, en las organizaciones culturales que van a gestionar, se aprovechen, de vez en cuando, de argumentos de tipo práctico y económico. Espero que, a la vez, seguirán insistiendo en los valores fundamentales de la vida cultural.

Partimos, entonces, de dos principios fundamentales. Primero, hay una cultura con una historia y es distinta a la cultura comercial del espectáculo que tiene como fin el entretenimiento. Segundo, los productos de esta cultura, a pesar de costar mucho, han de estar al alcance de toda la ciudadanía, incluyendo tanto a pobres tanto como a ricos. Esto es una cuestión de redistribución de recursos dentro de la sociedad. Si el sector del público no es capaz de pagar, por falta de dinero, el coste de un producto, en este caso cultural, al que los ciudadanos tienen derecho, no hay más remedio que ir a buscar el dinero en sitios donde sí lo hay y transferirlo de una manera u otra. Habrá quien grite, sobre todo en mi país, ¡Socialismo!, como si fuese esto un pecado mortal. Pero aún en los países de mercado libre, este tipo de transferencia de dinero de ricos a pobres es del todo común. Al presupuesto del Ministerio de Defensa el rico contribuye más que el pobre, pero los dos tienen el mismo derecho de ser defendidos. Con la Seguridad Social ocurre lo mismo. Incluso en los seguros privados, por ejemplo, de coches o de viviendas, los que no tienen accidentes pagan para los que sí los tienen, independientemente de sus recursos personales.

Ahora bien, hay esencialmente dos maneras de solucionar el problema de esta transferencia de recursos cuando se trata de organizaciones culturales. O se basa en un sistema de impuestos progresivo, en el cual el rico paga en impuestos una mayor proporción de sus ganancias que el pobre, y luego se les cobra a los dos un precio mínimo, o nada, para acceder al acto cultural o la educación. En este caso, el rico ha pagado más que el pobre para el mismo producto a través del sistema de impuestos. O se bajan los impuestos que paga el rico y se obliga a todas las organizaciones culturales y las universidades a buscar su propia manera de hacer esta transferencia de recursos. Sin esta transferencia la vida cultural y la educación universitaria estarán al alcance solamente de los ricos. Hasta ahora, a pesar de tendencias en esa dirección, no hemos querido adoptar explícitamente esta última alternativa. El resultado es que con la disminución de contribuciones del gobierno, las organizaciones culturales y las universidades, si quieren atraer a personas con menor capacidad económica en términos relativos, se ven obligados a buscar la manera de transferir recursos dentro de su propio funcionamiento. Se cobra lo máximo posible a los que pueden pagar para poder ofrecer un precio, sin embargo, que no cubre todos los gastos de los que no pueden pagar. Y se busca frenéticamente la filantropía de los ricos, de las fundaciones, y de las grandes empresas para cubrir el déficit que siempre se presenta.

Hemos llegado por fin al famoso modelo norteamericano. Primero hay que situarlo en un contexto histórico que se remonta a la colonización de los EE.UU., que siguió una trayectoria bastante distinta de la colonización de gran parte del Nuevo Mundo por España. Las colonias norteamericanas se desarrollaron bajo un sistema legal y en una geografía que condujo a cierta independencia unas de otras. Vivimos con esta herencia hasta hoy. Por lo tanto, el gobierno federal tiene relativamente poca influencia en muchos sectores de la vida nacional, sobre todo en todos los niveles de la educación y en la cultura. No tenemos un departamento (no decimos ministerio y ministro sino departamento y secretario) de cultura. Y el Departamento de Educación es muy débil. La responsabilidad sobre la educación la tiene los estados individuales, sobre todo para las universidades públicas. La educación primaria y secundaria está, en gran parte, en manos de los ayuntamientos, incluyendo las ciudades más pequeñas. En el clima político vergonzoso que estamos sufriendo ahora, hay candidatos a la presidencia en el Partido Republicano que quieren eliminar el Departamento de Educación por completo.

La vida cultural no está en manos de nadie. Los estados tienen comisiones de las artes y las humanidades pero sin presupuestos de importancia ni influencia. En el gobierno federal hay un National Endowment for the Humanities y un National Endowment for the Arts, una especie de fundaciones, pero que no son realmente fundaciones porque no tiene recursos propios ni permanentes, salvo los que les concede el Congreso cada año. El presupuesto de cada uno ha sido últimamente alrededor de $150,000,000, o sea más o menos el precio de un solo cazabombardero F-22 Raptor. Y una vez más hay quienes en el Congreso quisieran eliminarlos del todo.

En este contexto, ¿cómo es que se han podido establecer algunas de las mejores universidades e instituciones culturales de todo el mundo? ¿Y cómo se ha de mantener la calidad de estas universidades e instituciones culturales para el futuro? Los que se entusiasman por el modelo norteamericano, se han fijado en la primera pregunta pero no en la segunda. Han dicho en efecto, si se ha podido hacer esto en los EE.UU. con muy poca intervención del gobierno federal, hagámoslo aquí también, sea en Inglaterra o en Francia o, me temo, en España. De este modo se reduce, a veces por mucho, la contribución del gobierno a las instituciones y se les obliga a cobrar la diferencia de los estudiantes o del público en la vida cultural y simultáneamente buscar fondos en forma de donaciones de personas y entidades privadas. Este es el sistema que he descrito en el cual cada institución ha de buscar como pueda los recursos necesarios para mantenerse y a la vez distribuir los recursos para poder acomodar a las personas —o a unas cuantas— que no tienen recursos propios. Es un sistema caótico e ineficiente que nos recuerda a la frontera occidental de los Estados Unidos en el período de la expansión: el Wild West, el salvaje Oeste.

¿Pero, cómo contestar a la primera pregunta para entender si las condiciones necesarias existen en otros sitios o incluso si siguen existiendo en los EE.UU.? Para empezar, hemos de señalar que el sistema de universidades y de instituciones culturales empezó siendo totalmente privado y sigue siendo una mezcla de lo privado y lo público, sobre todo en el campo de la educación universitaria. Las grandes universidades privadas como Harvard, Yale, y Princeton se fundaron en el período colonial o poco después por distintas sectas protestantes. Las universidades públicas comenzaron a fundarse en la segunda mitad del siglo XIX con la ayuda del gobierno federal, por cierto, pero bajo la administración de los estados. En cambio las instituciones culturales han sido siempre privadas y recibieron su mayor impulso en los años alrededor de 1900, en la llamada edad dorada, cuando se acumularon las grandes fortunas de familias con apellidos que todos conocemos: Rockefeller, Carnegie, Mellon, Morgan, Stanford y otros. La década de 1880 a 1890 fue un período de enorme expansión económica que no se volvió a igualar hasta después de 1950. En este período se fundaron más universidades privadas y los grandes museos, orquestas, y teatros de ópera. Hasta el museo en Washington que llamamos The National Gallery, que hoy es propiedad del gobierno federal, fue creado por un solo hombre, Andrew W. Mellon, quien regaló a la nación su gran colección de arte y un enorme edificio para exhibirla. Más tarde su hijo Paul Mellon regaló otro edificio, y los recursos del museo siguen siendo en su mayor parte privados. Con todo esto comenzó una tradición de filantropía que no ha existido a este nivel en otro país del mundo.

Un segundo período de expansión económica enorme tuvo lugar en las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En este período se invirtió muchísimo en las universidades públicas y hubo un aumento muy importante en el porcentaje de personas con educación universitaria. Esto coincidió además con la Guerra Fría, y esto vino a ser la justificación de la expansión de las universidades y, sobre todo, de la investigación científica. Algunas universidades públicas llegaron a ser tan prestigiosas como las universidades privadas más acreditadas. Las públicas solían recibir la mayor parte de sus recursos para la educación de los estados mientras que los fondos para la investigación venían del gobierno federal en nombre de la defensa nacional. A los estudiantes se les cobraba una matrícula mínima. En fin, era el sistema de todos los países desarrollados que he descrito, en el que los impuestos pagados por los relativamente ricos cubrían la educación de los relativamente pobres y se les cobraba a todos muy poco en forma de matrícula.

Las universidades y las instituciones culturales privadas también se beneficiaron de esta expansión económica, más que nada a base de la filantropía privada. Por cierto, las universidades privadas cobraban una matrícula más elevada y algunas de ellas llegaron a ser muy ricas, gracias a las inversiones de sus fundaciones. A la vez, seguían en gran medida sirviendo a los estratos de mayor nivel socio-económico de la sociedad. La gran mayoría de los estudiantes universitarios, sobre todo los de recursos limitados, estudiaban (y estudian hoy) en las universidades públicas de los estados, y la mayoría lo hacía en el estado donde vivía sus familia.

Hasta 1995, los EE.UU. era el país con el porcentaje más elevado de ciudadanos con títulos universitarios. En el año 2014 había retrocedido al puesto 19 entre los 28 países más desarrollados. Simultáneamente, la desigualdad económica en la población ha crecido mucho, y la clase media desde 1988 no ha experimentado un aumento de ingresos en términos reales. Esto quiere decir que la situación de hoy no es resultado de la crisis del 2008, aunque ha empeorado mucho desde entonces.

¿Cuál es pues esta situación? Se ha visto cómo la contribución gubernamental a la educación universitaria ha decaído continuamente. En algunos estados, la aportación del estado a la financiación de la universidad más importante ya no supera al 10%. En consecuencia, las universidades han incrementado el precio que cobran del estudiante año tras año. Y como todos cobran más a los estudiantes de otros estados, han ido incrementando el número de los que vienen de fuera. Tomemos el ejemplo de la Universidad de Michigan, una de las más prestigiosas del país. El estado de Michigan contribuye con alrededor de 7% del total de ingresos de la universidad, y más de 40% de los estudiantes vienen de otros estados. A estos estudiantes de fuera de Michigan se les cobra de matrícula por un año académico lo mismo que cobra Harvard, o sea $46,000 (sin incluir los gastos de alojamiento, que sobrepasan a los $10,000). A los residentes de Michigan se les cobra $15,000, lo cual tampoco es una cifra baja. Así, que en la medida en que el estado ha ido disminuyendo su contribución, se ha incrementado lo que paga el estudiante. Y los que vienen de fuera del estado contribuyen al coste de la educación de los alumnos del propio estado. Y ambos contribuyen a las becas para los que disponen de menos recursos económicos. De modo que se trata de un sistema de redistribución de recursos de unos alumnos a otros dentro de la institución misma.

En las universidades privadas pasa algo semejante, salvo que no hay contribución del estado en el que están enclavadas. La universidad de Harvard publica un precio de, digamos $46,000, pero muchos estudiantes no pagan este total porque se les da becas para reducir el importe si demuestran falta de recursos. De modo que cada universidad tiene que calcular cómo hacer esta redistribución entre los que pueden pagar y los que no. En muchas universidades el promedio de lo que se cobra de hecho puede llegar al 50% del precio oficial. Los que pueden pagar pagan por los que no pueden pagar. Cada universidad tiene que calcular cuántos ricos hay que atraer para poder admitir a unos cuantos pobres (y han de ser bastante ricos, porque el ingreso familiar medio en EEUU es de alrededor de $50,000).

Como es muy difícil vincular el aumento del coste de la educación universitaria a la tasa de inflación sin reducir la calidad de la educación, y si los estados siguen reduciendo sus contribuciones, esta situación seguirá empeorando, y al final será insostenible. Para la gente rica no habrá ningún problema, porque siempre habrá instituciones suficientes para acomodarles. Harvard, Yale, y Princeton perdurarán para siempre. Pero, para el resto de la sociedad, llegará el momento en que ya no sea posible aspirar a una educación universitaria. Muchas universidades privadas dejarán de existir porque ya no podrán atraer suficientes estudiantes ricos. Las universidades públicas seguirán, pero con una calidad de educación cada vez peor por la misma razón. El resultado será un sistema de educación que aumentará la desigualdad económica en vez de ser el instrumento principal para disminuirla, lo cual ha sido históricamente, en gran parte, su razón de ser.

Las universidades de los EE.UU. tienen un papel muy importante en cuanto a la investigación, sobre todo en la investigación científica, y esto también se encuentra en una situación precaria. Los recursos para esta investigación vienen en su gran mayoría del gobierno federal. Durante muchos años después de la Segunda Guerra Mundial, esta inversión se justificaba en nombre de la defensa nacional. Incluso muchos científicos se permitían justificar sus actividades en estos términos, a pesar de no creerlo ellos mismos. Pero el valor de la investigación en todas las especialidades, incluyendo las artes y las humanidades, es muchísimo más grande. Es más grande aún que su valor para la economía, aunque la edad moderna no puede prescindir de avances en la tecnología y la ciencia. La investigación es una de nuestras capacidades como seres humanos. Nuestra curiosidad por la naturaleza y toda la historia de la humanidad es signo del espíritu humano que hemos de nutrir continuamente. Y no hay que creer que esto también lo arreglará el mundo mercantil con sus grandes empresas, que son las que se benefician en una forma directa de esta investigación. En los EE.UU. los grandes laboratorios de las grandes compañías se han ido eliminando uno por uno. Solo hay que recordar el caso de Bell Laboratories, parte de la antigua compañía telefónica, donde se hicieron descubrimientos de fundamental importancia galardonados por el Premio Nobel, incluyendo el transistor, que ha dejado de existir. Recientemente, la industria farmacéutica, ha empezado a reducir su capacidad de investigación, como consecuencia del predominio de la búsqueda de ganancias a corto plazo y una visión miope de la prosperidad del futuro.

En las instituciones culturales ocurre algo muy parecido a lo que pasa en las universidades, aunque nunca hayan disfrutado de contribuciones significativas del gobierno. En la Metropolitan Opera de Nueva York, una butaca puede costar más de $400, pero también hay asientos en los balcones (donde, por cierto, hay que llevar una botella de oxígeno) que pueden costar $25. Los unos pagan por los otros. Pero, con la subida de los precios, el público ha disminuido, lo cual indica que se va llegando al límite de lo que se puede cobrar a un público que no sea riquísimo. Con la disminución del público, el déficit de la Metropolitan Opera ha subido a unos $22,000,000 en un presupuesto de $317,000,000. Todavía no se sabe si la filantropía podrá suplirlo.

Algo semejante se podrá decir de las grandes orquestas. No hay una que no tenga sus dificultades. La Orquesta de Philadelphia, una de las mejores del mundo, con un presupuesto de $40,000,000, cayó en la bancarrota hace pocos años, y tuvo que reducir el número de músicos, aumentar precios y buscar más filantropía. Esta situación tiene además sus consecuencias artísticas, porque conduce a una reducción de la variedad de la programación con el afán de atraer a un público conservador. En los teatros pasa lo mismo. Los museos, en cambio, no han sufrido tanto, pero han subido el precio de las entradas (en el Metropolitan de Nueva York ha llegado a $25) y se han dedicado cada vez más a grandes exhibiciones, espectáculos digamos, en vez de intentar de educar al público de una manera más amplia.

En el fondo, uno de los problemas más graves es que se han erradicado casi completamente las artes y humanidades del currículum de las escuelas primarias y secundarias. Por lo tanto ya tenemos generaciones de jóvenes que no tienen conocimiento de las mismas. Su formación cultural es la del comercio y el entretenimiento. Recuérdense que, en los EE.UU., las escuelas son responsabilidad de los ayuntamientos, donde una junta directiva elegida de ciudadanos se encarga del presupuesto. Muchos de los miembros de estas juntas solicitan los votos del público con promesas de reducir los impuestos. El resultado es que, en los distritos ricos, las escuelas son mucho mejores que en los distritos pobres. El Secretario de Educación del gobierno federal tiene muy pocas posibilidades de influir en todo esto y, según la opinión más conservadora, debería tener aún menos o ninguna. Esto proviene de la filosofía que dice, cuanto menos gobierno mejor.

Esta tragedia que he descrito, que es fruto del modelo norteamericano, no lo arregla el mercado libre. En gran medida, es el resultado de ese mercado cuando funciona sin límites impuestos por valores más profundos. El gobierno como abstracción tampoco lo arregla. El gobierno tiene que ser función de un pueblo que aspira a una vida mejor para toda la sociedad —mejor no solo en cuanto a las posesiones materiales, sino también en cuanto a su vida intelectual y creativa.

El peligro que veo en los países que van entrando en el camino del modelo norteamericano es que, una vez entrado en este camino, es muy difícil dar marcha atrás. Este modelo es un sueño en el que se espera que todo se resuelva sin la necesidad de establecer de antemano prioridades y valores para guiar decisiones difíciles. Si se disminuyen los recursos dedicados a la educación y la cultura (no hablo aquí de deporte), hay que saber de dónde concretamente procederán esos recursos en el futuro, y no suponer que vendrán gracias a una magia que hasta ahora no se ha visto en ningún sitio. Decir que no podemos apoyar a la educación de todos y una vida cultural rica para todos porque somos demasiado pobres es solo una falta de convicción. El dinero en sí no es el problema. En los EE.UU. el presupuesto del Departamento de Defensa es un escándalo, y hay otros. Hay dinero. Falta voluntad, voluntad para enfrentarnos con los intereses políticos y económicos que nos quieren empobrecer la vida en el sentido más profundo de la palabra.

 

Madrid, viernes 2 de octubre de 2015
Facultad de Geografía e Historia
Universidad Complutense de Madrid